El arte se habita, no se visita

La Casa

Al cruzar el portón

Un museo que se habita

El portón de madera se abre sobre un patio de piedra coralina que lleva tres siglos mirando pasar Cartagena: comerciantes de Indias, familias republicanas y, hoy, cinco habitaciones que reciben a quien busca algo que ninguna cadena hotelera puede ofrecer. La luz entra quebrada por los arcos coloniales y cae sobre obras originales de Fernando Botero, Ana Mercedes Hoyos, David Manzur y Édgar Negret. Aquí se desayuna, se duerme y se vive entre esas obras —no detrás de un cordón, sino a un brazo de distancia—: un museo que, por una vez, se puede habitar.

La casa es un ejemplo de arquitectura colonial del siglo XVIII, restaurada sin convertirla en museo. Se conservaron los muros originales de piedra coralina, los techos de puntal alto con vigas de madera a la vista y el patio central a cielo abierto que todavía refresca la casa por sí solo. Un ascensor y unos pocos detalles en hierro conviven con trescientos años de piedra.

La colección

Esta casa no se decoró: se curó. Cada sala, cada pasillo y cada habitación alojan una pieza original de Botero, Hoyos, Manzur o Negret —reunidas aquí para convivir con quien se hospeda, no para verse tras un cordón de terciopelo—. El desayuno se sirve bajo una obra que en cualquier otro lugar estaría detrás de un vidrio. A 150 metros, en la Plaza de Santo Domingo, la Gertrudis de Botero espera en plena calle.