El portón de madera se abre sobre un patio de piedra coralina que lleva tres siglos mirando pasar Cartagena. La luz entra quebrada por los arcos coloniales y cae sobre obras originales de Fernando Botero, Ana Mercedes Hoyos, David Manzur y Édgar Negret. Aquí se desayuna, se duerme y se vive entre esas obras —no detrás de un cordón, sino a un brazo de distancia—: un museo que, por una vez, se puede habitar.
Cada mañana el desayuno se dispone en el patio central, bajo una obra que en cualquier otro lugar estaría tras un cordón de terciopelo. Al caer la tarde, la terraza mira los techos de teja de la ciudad amurallada, con el horno de leña encendido.



Esta casa no se decoró: se curó. Cada sala, cada pasillo y cada habitación alojan una pieza original de Botero, Hoyos, Manzur o Negret —reunidas para convivir con quien se hospeda, no para verse tras un vidrio—. A 150 metros, en la Plaza de Santo Domingo, la Gertrudis de Botero espera en plena calle: la colección empieza antes de cruzar el portón.
En el corazón de la ciudad amurallada. A 150 m, la Plaza de Santo Domingo y la Gertrudis de Botero. A 400 m, el Santuario de San Pedro Claver. A 1,5 km, el Castillo de San Felipe de Barajas.